El réquiem de Brahms, que sonará el 27 de octubre en la Catedral de Toledo dentro de la V edición del Festival de Música el Greco en Toledo, ha sido escuchado este 10 de abril en Bremen, 150 años después de su estreno y en el mismo escenario, su Catedral.

El diario “El Pais” ha publicado la crítica que Luis Gago y Julia Baier hacen de este concierto, que se transcribe a continuación por su relevancia:

“Entre las decenas de misas musicales de difuntos que atesora Occidente, “Ein deutsches Requiem” (Un réquiem alemán) de Johannes Brahms ocupa un lugar especial. Llaman, de entrada, la atención en su título el artículo indeterminado (que Borges suprimiría en su famoso cuento incluido en El Aleph, cambiando con ello por completo su sentido y convirtiéndolo en un réquiem tras la muerte de la propia Alemania) y el adjetivo, que lo identifican tanto como, casi un siglo después, la palabra “guerra” marcaría la esencia y el destino del Réquiem de guerra de Benjamin Britten.

Fue una obra de gestación muy larga, azuzada en un principio por la muerte, en 1856, de Robert Schumann, el principal valedor del joven Brahms, y retomada años después con motivo del fallecimiento, en 1865, de Johanna, la madre del compositor. De algún modo, la presencia de un barítono y una soprano solistas en tres de sus movimientos constituye un reflejo de ambas figuras: el padre musical y la madre real. Brahms lo dio a conocer, dirigiendo él mismo, el 10 de abril de 1868 en la catedral de Bremen, que ahora ha celebrado con justificado orgullo el sesquicentenario de aquel estreno histórico confiando su interpretación a la principal orquesta de la ciudad, Die Deutsche Kammerphilharmonie.

Para esta ocasión conmemorativa, Paavo Järvi, su director artístico desde 2004, ha utilizado un coro y una orquesta de las dimensiones exactas a los que dirigiera en su día Brahms en idéntico espacio. Y ha tenido que enfrentarse a los mismos problemas acústicos que suscita hacer música con un centenar largo de instrumentistas y cantantes en el gigantesco espacio que delimitan los muros de la imponente catedral medieval de San Pedro, situada en la Marktplatz, en pleno centro histórico de Bremen. Por suerte, el director estonio —siempre analítico y nunca caprichoso ni apresurado en la elección de tempi —no es nada dado a los excesos e intentó hacer del largo tiempo de reverberación de la catedral un aliado, no un rival. La parte orquestal fue siempre transparente, contenida, en busca del equilibrio, no siempre fácil, con los cantantes del extraordinario Coro Estatal de Letonia. Sonaron con mayor nitidez los momentos más contemplativos, aunque los poderosos pasajes fugados y las rotundas efusiones corales se revistieron también de la contundencia y la grandiosidad justas. A pesar de los retos acústicos que comporta, es aquí, y en ningún otro lugar, donde debe interpretarse y escucharse esta obra, afirmó Järvi convencido después del concierto.

Matthias Goerne, con su entrega y efusividad características, con su talento para dar a cada palabra su valor semántico y expresivo justo, hizo subir de inmediato la temperatura emocional de la versión en cuanto pareció en el altar de la catedral. Cantando de memoria, con aspecto y voz mucho menos fatigados que el pasado domingo en Madrid, Goerne nos estremeció en sus dos intervenciones. No menos emocionante fue el quinto movimiento, añadido por Brahms tras el estreno de 1868, en el que la propia música (o, mejor, La Música, con mayúsculas, como en el prólogo de “L’Orfeo” de Monteverdi) se erige en nuestra principal fuente de alivio: “Yo os consolaré como a quien consuela su madre”. Y la soprano rumana Valentina Farcas, con fraseo, dicción y “legato” intachables, sin un solo agudo tirante, sin rehuir riesgos, dio la réplica femenina perfecta a Goerne, lo que no era fácil.

Concluida la obra, se hizo un largo silencio en la catedral de Bremen. No había un solo asiento libre, pero nadie se atrevía a iniciar los aplausos. No había caras de congoja, ni de tristeza. Como quería Brahms, la música había demostrado ser, una vez más, el mejor y más eficaz alivio para nuestro pesar. Todos debíamos de haber estado recordando a nuestros muertos, por supuesto, pero este es un réquiem concebido para los vivos como una obra balsámica, consoladora, universal, de todos y para todos, que, tras apagarse en un apacible Fa mayor, la misma tonalidad con que se abrió, nos deja más celebrando la dicha de la vida que llorando el desgarro de la muerte.”

Fuente: El País